martes, 31 de diciembre de 2013

La Naranja- Cuento navideño

La Naranja - Cuento Navideño. 
(A. Yuncar)


"No le pidas mucho a los Reyes, que este año llegarán pobres” me había advertido mi madre el día antes. Mi padre redundaba, “si este año vienen tan pobres quizá nada te traigan, por que, la nada es tan barata…Y yo, cabizbajo me interrogaba si tendrían razón y un año más habría de conformarme con mis juguetes de siempre, el carro construido con una lata, mis zancos de botes o las canicas de barro cocido.

A pesar del pesimismo que destilaba su diálogo yo mantenía una cierta ilusión y esperaba que al fin,   aunque poco, algo me trajeran. Desde luego mi carta ya estaba escrita,  y con ella en el bolsillo esperaba la hora de acostarme para meterla  en una de mis botas.

Con la llegada de la noche y mientras mi madre cocinaba la cena a la lumbre, mi padre volvía a especular con nuevas premoniciones que conseguían mantenerme en vilo. Según había escuchado en el parte de la radio, la copiosa nevada que había cegado los caminos y las señales de La Jara, suponía  un serio problema para la orientación de Los tres Reyes. Mi madre  contrarrestaba compasiva sus malos augurios:
Yo creo que podrán llegar hasta el pueblo, por algo son Magos”.

“Magos son, pero los camellos que montan son simples camellos” volvía a la carga mi padre.

 “También  su poder  alcanzará a lo camellos, Insistía ella”

 No sé, no sé…….. movía la cabeza mi padre, con una socarrona sonrisa que no me podía pasar desapercibida.

Ajeno a la controversia, mi hermano mayor asaba bellotas y castañas entre las brasas.   Cuando la cena estuvo preparada, mi padre acercó la mesa junto a la chimenea y nos dispusimos a cenar. Más pendiente de la cita que de otra cosa,  despaché en un santiamén las sopas de tomate con torreznos.

En tanto  mi madre recogía y fregaba los cacharros, mi padre, con el puchero de agua caliente, llenaba las botellas que habrían de atenuar el frío de las camas.

Antes de marcharme a dormir me asomé a la ventana: La luna ufana se revolcaba en la nieve del tejado y le lanzaba bolas al mastín, que juguetón, la provocaba con sus ladridos desde el corral.

Una estrella fugaz cruzó el cielo helado. Abrazado a mi botella, como un náufrago  a su madero, me  apresuré a emitir el deseo. Y  aquel deseo sacudido por la magia estelar, de inmediato comenzó a realizarse: La nieve helada que hasta entonces había cubierto  la parra y el granado, comenzaba a desplomarse, los carámbanos del tejado a fundirse y  el rumor del arroyo, cada vez se escuchaba con más fuerza.

 - ¡¡ Madre, madre!! Mira como se deshace la nevada.

- Me parece que como no te encuentren dormido, los  Reyes pasan de largo esta noche.

Cuando me metí en la cama mi hermano ya se había  dormido. Arrimé los pies helados a la botella y cerré los ojos. Con cierto sigilo mi madre entró y se llevó nuestras botas. Intenté dormirme,  pero justo entonces, comenzaba sobre el tejado  el coloquio de los gatos en celo.  Sus maullidos eran tan escandalosos que durante un buen rato me mantuvieron despierto y entretenido en traducir sus felinos requiebros tal y como un día me enseñara la abuela.

- ¿Me lo das Poloniaaaaaaaaa…..? - Preguntaba cadencioso y lastimero el gato-

-  No quiero Mateooooooooo…..    - Le respondía llorona la novia -

-  ¿Para cuando entonces…?

-  Pa luego, pa luego, pa luego, – cortaba furiosa la gata-.

Me dormí tarde y las pesadillas se sucedieron sin pausa: Camellos que se quedaban atollados en la nieve, los hielos del Charcón que cedían bajo mis pasos descalzos……….

Por fin escuché cantar al gallo en el corral, a éste le respondió el gallo del vecino, al del vecino su próximo y así hasta que el último kikiriquiiiiiii  del último gallinero del pueblo se topó con la salida del sol.

Cuando las caballerías reclamaron su ración de comida a rebuznos y patadas contra la puerta de la cuadra, escuche levantarse y maldecir a mi padre. Debí volver a dormirme, por que cuando me di cuenta, a mi lado solo quedaba el hueco frío de mi hermano. Llamé a voces a mi madre que acudió al instante. Me ayudó a vestir y antes incluso de darle los buenos días, le  lancé la pregunta:

-Madre, ¿vinieron por fin los Reyes?

- Yo  no he encontrado rastro de ellos, pero… al saloncillo todavía no he entrado.

Antes de que terminara su respuesta corrí descalzo hacia la sala y empujé la puerta. Mi hermano, feliz, sujetaba un trozo de caña y tallaba una flauta con la navajilla que le habían traído aquella  noche. En mi bota asomaba un plumier con lapiceros de colores y una hermosa y brillante  naranja.  ¿Que más podía desear  un niño campesino?  Todos los colores del arco iris estaban allí, y la naranja prometía el dulzor y exhalaba la fragancia de los  huertos de Galilea. Feliz y nervioso, la naranja se me escapó y rodó hasta los pies de mis padres; y fue mi madre, mientras me calzaba las botas  quien me confió:

- Si te hubieras levantado un poco antes, hubieras podido distinguir  las huellas de los camellos sobre la nieve.
  


 

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